CINE-PLANTA: “EL ÁRBOL DE LA VIDA”

Por Fernando Moreno “El More”

Hablar hoy en día de la Palma de Oro del festival de cine de Cannes es referirse al premio más importante en el calendario fílmico internacional.

Con una reputación forjada a través de 64 ediciones y una constante apuesta por el cine de autor, conseguir un lugar en la selección oficial del más famoso de los festivales significa entrar en un particular olimpo reservado para unos cuantos. Si además uno se lleva el deseado premio a casa puede sentirse especial ya que esto implica ser parte de una élite muy particular.

Entre los nombres que han ganado Cannes se encuentran pesos pesados de la historia del celuloide como Fellini, Buñuel, Lelouch, Visconti, Scorsese, Kurosawa, Coppola, Wenders o Kusturica y formar parte del selecto grupo equivale a la inmortalidad y la fama. Eso es justo lo que le sucedió, sin buscarlo, a Terrence Malick este año gracias a El árbol de la vida, su quinto largometraje.

Responsable de una filmografía espectacular y una carrera poco convencional (debuta en los setentas con dos películas excepcionales – Badlands y Days of heaven- y después se retira del cine por más de veinte años) Malick obedece a todos los lugares comunes de cineasta maldito que tanto gustan en los festivales.

Estudiante y profesor de filosofía y admirador de Heidegger sus comienzos como guionista en la industria de Hollywood lo hacen descubrir que lo último que quiere hacer en la vida es convertirse en alguien famoso. Así, tras ganar el premio a mejor director en Cannes en 1978 y recibir 4 nominaciones al Óscar, desaparece del mapa y se dedica a enseñar literatura inglesa en Francia.

Dos décadas después regresa con la convicción de no dar nunca mas entrevistas ni aparecer en ningún tipo de materiales o actos promocionales de sus películas. Así. lo que habla por él es una obra personal y poderosa que suma a Badlands y Days of heaven dos obras igual de especiales: La delgada línea roja y El Nuevo mundo.

Cintas de regreso al oficio y confirmación de un estilo pausado, naturalista y contemplativo, ambas se revelan como una clara transición hacia un periodo de madurez que parece recoger los frutos en su más reciente cinta: El árbol de la vida.

Más allá de los premios y las polémicas que estos siempre traen consigo y de las discusiones bizantinas que un realizador como Mallick provoca a su paso, El árbol de la vida es un documento cinematográfico único del momento histórico que vivimos. Una reflexión profunda que pone sobre la mesa dos maneras distintas de ver la vida, dos pulsiones contrarias que, a fuerza de confrontarse, dan equilibrio a nuestra existencia.

Ahí está, por un lado, la posición del padre relacionada con lo instintivo, lo visceral y lo violento que reta y exige constantemente y por el otro, la de la madre que protege, abraza y acompaña al tiempo que es dulce, paciente y cariñosa.

Más que una simple película que se lleva el premio más importante del cine de este año, El árbol de la vida es una metáfora de la personalidad de su director que, renuncia a ser reconocido como miembro de una de las generaciones más importantes del cine norteamericano -no olvidar que es contemporáneo de Spielberg, Lucas, Coppola o Scorsese- con tal de hacer películas de una manera más personal y libre.

Fiel a esa convicción, Terence Malick no asistió al Grand Palais de Cannes a recibir su Palma de Oro y, tal como él quería, no respondió a ninguna entrevista.

Concebida más como una reflexión poética que como una cinta de narrativa convencional y apoyada en una espectacular dirección de fotografía del mexicano Emanuel Lubezki, El árbol de la vida se estrena este viernes 21 en cartelera y es una cita ineludible para quienes gustan del cine.

Nos leemos pronto.


 Fernando Moreno “El More” es socio de Productora Los Olvidados,
profesor en la Ibero y conductor de El cine y… en Ibero 909

 

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